Icaronycteris
Significado del nombre:
murciélago Ícaro
Período de vida:
hace 52 millones de años
Período:
Período Paleógeno
Hábitat:
Lagos y pantanos
Taxonomía:
Los mamíferos
Países:
Icaronycteris es una de las criaturas voladoras más antiguas conocidas. Este murciélago vivió hace unos 52 millones de años, durante el Eoceno, cuando en la Tierra predominaba un clima cálido y húmedo y exuberantes selvas tropicales cubrían extensas regiones de América del Norte. Precisamente allí, en el estado estadounidense de Wyoming, se descubrieron sus restos fosilizados en 1966.
El nombre del género procede del héroe de un antiguo mito griego, Ícaro, quien se elevó hacia el Sol con unas alas creadas por su padre, Dédalo. Y, de hecho, Icaronycteris parecía encarnar el antiguo sueño de volar, pero no en las leyendas, sino en la realidad.
Era una criatura diminuta, de tan solo 14 centímetros de longitud y un peso aproximado de entre 20 y 30 gramos. A pesar de su pequeño tamaño, poseía una impresionante envergadura de hasta 37 centímetros. Sus extremidades anteriores se habían transformado en alas cubiertas por una fina membrana extendida entre los dedos alargados. Una característica curiosa era la presencia de una garra en el segundo dedo del ala, ausente en los murciélagos actuales. También conservaba una larga cola, presente en la actualidad únicamente en los murciélagos de la familia Molossidae, un vestigio que recordaba a sus antiguos antepasados.
El cráneo de Icaronycteris presentaba una bula auditiva agrandada, lo que indica que ya poseía una capacidad de ecolocalización desarrollada, un complejo «radar» biológico que le ayudaba a orientarse y cazar en la oscuridad. Sus mandíbulas se parecían a las de las musarañas y contenían una dentición completa, aunque el tamaño de los dientes difería del observado en las especies actuales. Probablemente se alimentaba de insectos y, según algunas hipótesis, incluso de pequeños vertebrados.
Icaronycteris, al igual que los murciélagos actuales, era un cazador nocturno. Durante el día descansaba colgado cabeza abajo en una cueva o entre el follaje de los árboles. Es posible imaginar cómo, dentro de un refugio oscuro, el macho alfa ocupaba el lugar central y más seguro, rodeado de hembras y otros individuos adultos dispuestos a repeler el ataque de los depredadores en caso necesario.
Estas antiguas criaturas constituyeron una etapa importante de la evolución: demostraron que la naturaleza ya dominaba el arte del vuelo hace más de 50 millones de años, mucho antes de que el ser humano aprendiera a elevarse hacia el cielo.
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